En avión con niños sin “perder la cordura”

Publicado el lunes, 23 octubre , 2017

Viajar con hijos pequeños es definitivamente un “tema” con una amplia gama de matices y variaciones. No es lo mismo viajar en carro que en avión, ni es igual un viaje corto, de un par de horas, a uno largo de más de diez.

Cuando vamos por tierra existe la posibilidad, así sea remota, de hacer una parada para que los niños estiren las piernas y nosotras nos tomemos si acaso un café para mantenernos despiertas; cuando vamos por aire, el paseo más largo será al baño y el café será mejor dárselo a alguien más para que lo sostenga porque si lo ponemos sobre la mesita plegable lo más probable es que nuestro “adorado tesoro” lo derrame.

Siempre he creído que tener hijos no nos limita sino que nos potencia: nos hace más rápidas, eficiente, creativas y mucho más empáticas. Por eso creo que la solución nunca será “dejar de hacer algo”, “dejar de viajar” o “dejar de ir a restaurantes”; no, la solución es “ajustar” y aprender como familia.

Desde que soy madre he viajado varias veces en avión, siempre (afortunadamente) acompañada de mi esposo; antiguamente solo con Alana de cinco años, y desde hace dos años que nació Joaquín con ambos.

La esperanza y los esfuerzos apuntan, por supuesto, a que los niños se queden dormidos en el avión pero éste no siempre es el caso. Una vez, en un viaje de nueve horas, Alana, que en aquel entonces tenía año y medio, solo durmió 20 minutos. De resto cantó, jugó, brincó y se rió con todas las aeromozas que pasaban.

En un viaje reciente Joaquín golpeó varias veces el asiento del pasajero de adelante. Mis esfuerzos por mantenerlo “quieto” (literalmente lo tenía agarrado con ambos brazos) no  fueron suficientes, y el pasajero, una señora que viajaba con su esposo y su hijo grande, se volteó y me dijo “yo entiendo que es un bebé pero ya van varias veces”.
Yo respiré y, sin perder “el glamour” solo atiné a decir, con una media sonrisa, “disculpas”.

¿Que hay poca empatía para las familias con niños pequeños? Yo pienso que sí pero el que paga su asiento tiene derecho a un mínimo de comodidad y “enfrascarme” en una discusión no iba a ser beneficioso para nadie. Así que por el resto del viaje me las ingenié para mantenerlo distraído de otras maneras: hicimos varias excursiones al baño, jugó con el agua del lavamanos, recorrimos repetidamente el pasillo, armamos rompecabezas, vimos videos y cantamos canciones.

No es sencillo. Ni los aviones, ni los aeropuertos están hechos para niños y estar en un espacio reducido sin movernos por dos, cuatro o más horas es una utopía para un niño pequeño, sin contar el resto de los imprevistos que pudieran presentarse durante el recorrido. Por eso, a continuación, retrato con palabras tres situaciones frecuentes  y como solventarlas con la mayor “gracia” posible:

 

  1. Estás en el aeropuerto, a punto de pasar el primer chequeo antes de inmigración. Las manos no te alcanzan para el carry-on, la pañalera, tu cartera, quitarte los zapatos, el coche y el niño (o los niños). El “oficial” dice “siguiente” y los que están atrás te “pelan los ojos” como diciendo “apúrate, ¿no?” Para completar en la pañalera llevas todo lo que “no se debe llevar”, agua, compotas, un sinfín de remedios. Lo primero, tranquilidad. Deja pasar a todo aquel que esté apurado y sonríele a todos. La mayoría sabe por lo que estás pasando. Capaz se olvidaron pero tú sonrisa de “tenme piedad” se los va a recordar. Si te pones a la defensiva solo empeorarás la situación. Por lo general, todo aquello que está en la pañalera lo permiten pues entienden que los niños necesitan comida y bebidas. Pasa el coche primero por rayos-x para que así puedas sentar a los niños y agarrar el equipaje de mano y ponerte los zapatos con “relativa tranquilidad”.  Asegúrate de tener todas tus pertenencias y tómate tu tiempo. En esto ayuda una lista mental o incluso escrita para que no se “escape” nada. Cuando estés por abordar recuerda preguntar si las familias con niños pueden hacerlo antes. A veces es una regla y otras depende del personal en la puerta. Aquí ayuda “poner cara de cordero”. Si aún así la respuesta es negativa lo mejor es “asumirlo con elegancia”.

 

  1. Acabas de despegar y el bebé arranca a llorar, no sabes si porque le duelen los oídos o algo más. Lo ideal es amamantarlos, darle un tetero o un chupón pues esto alivia la molestia. Si el llanto es por otra razón (calor, aburrimiento, etcétera) ten paciencia y no te dejes “influenciar” por malas miradas o comentarios. Cuando un bebé llora, la primera interesada en que pare es la mamá. Puede que tengas todo el entretenimiento posible a mano, puede incluso que ya hayas sacado “tu carta bajo la manga” (llámese iPad o vídeos de celular) y puede que nada de eso haya funcionado. Calma. El vuelo no durará para siempre. Si algún pasajero es antipático o grosero trata de no engancharte y si la situación te “sobrepasa” habla con la aeromoza. Suelen ser más consideradas con las familias con niños pequeños de lo que uno cree.

 

  1. El bebé se acaba de hacer “número dos”, el olor empieza a perturbar a los pasajeros (y hasta a ti misma) y te preguntas cómo podrás  cambiarlo en un baño tan chiquito. Aquí hay varias opciones: Algunas veces en los aviones más grandes hay mesas cambiadoras justo encima del inodoro. Si no las hay, puedes cambiarlo sobre tus piernas (sentada tú en el inodoro) dentro del baño. También es válido preguntarle a las aeromozas. Por ejemplo, en una oportunidad en que el avión no iba tan lleno, me indicaron que cambiara al bebé en una fila de asientos que iba completamente vacía. Si en cambio, tu hijo no es un bebé pero tampoco lo suficientemente grande como para ir solo, deberán hacer “acrobacias” (literalmente) para entrar ambos en tan minúsculo recinto.

 

Y ustedes, ¿Cómo sobreviven a los “Agobios de madre” a bordo de un avión?

 

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